Como si fueran pocas las dificultades a aclarar y resolver, algunos salteños parecen decididos a tirar otros problemas sobre nuestros fatigados hombros.
Cuando una administración no sabe qué hacer o intuye que es poco lo que puede hacer, suele echar mano a las rústicas herramientas de siempre.
Eso ocurre cuando cambia de sentido y de nombre a las calles, reinstala querellas del pasado, inventa enemigos, desentierra o inventa glorias o se lanza a la búsqueda de sus raíces y a la ardua tarea definir la identidad local.
La impotencia ante los desafíos del presente y los miedos que desata el futuro nos suelen arrojar a los temblorosos brazos de un pasado no menos incierto que lo porvenir.
A la búsqueda del "ser nacional" reemprendida en los años de 1960 como parte del combate a lo foráneo y extranjerizante, se añadieron luego las exploraciones de superficie, y también subterráneas, a la caza del "ser local".
A ambas se están añadiendo ahora el rastreo del "ser departamental". En los años '90, los gobiernos provinciales instalaron como asunto de Estado el dotar a sus provincias de símbolos propios.
La Provincia de Salta no fue ajena a esa fiebre simbólica. El gobierno de aquel momento arrebató la iniciativa de la bandera propia a un legislador provincial que propuso crearla. Hizo suya esa idea y confió su diseño a niños de escuelas primarias.
Así fue como Salta tuvo su propia bandera con diseño y colores tan obvios como acertados. Lo que hizo aquel gobierno a sugerencia de los niños fue transformar en bandera el poncho que, supuestamente, usaban los gauchos de Güemes.
Pero esa demanda de compensación simbólica no se detuvo allí pues fue acompañada de una autoglorificación local rayana en la pureza étnica.
Una identidad cerrada es una identidad que se nutre de exclusiones. No pocas veces asistí al cierre abrupto de esas discusiones alrededor de una comida, en la que el interlocutor que llevaba las de perder puso fin a la polémica con un argumento contundente, irrebatible: "Callate. Vos no podés hablar porque no sos salteño".
Aquel gobierno que mandó crear una bandera para Salta decidió acuñar una frase que sintetizara esa autoalabanza: "El orgullo de ser salteño".
Nunca se sabrá cuánto dinero pagó al Estado provincial al anónimo "creativo" que vendió esa frase no sólo desafortunada sino, además plagiada.
No de un libro de citas sino del cartel de una antigua juguetería de Avenida de Mayo en la Ciudad de Buenos Aires. "El orgullo de ser argentino", reza ese anuncio patriótico-comercial.
Ahora parece que no alcanzó con dar a Salta una bandera, la que se añadió a su más antiguo escudo. Y parece ser así porque en estos días se anunció que algunas localidades de esta Provincia están decididas a emprender el arduo trabajo de definir su "propia identidad" local. Todas esperan diseñar su propia bandera y escudo, su propio himno.
Claro que, con este empeño alentado por intendentes y avaladas por asesores históricos, ninguna de esas pequeñas comunidades locales tendrá mejor calidad de vida, más trabajo y tampoco logrará administraciones municipales menos corruptas y arbitrarias y más eficientes.
Está claro que estamos asistiendo a un irresponsable loteo de nuestro cada vez más magro y vapuleado "capital simbólico". En virtud de esto, ese vasto, impreciso y peligroso territorio de la "identidad" se está transformando en un archipiélago de identidades aldeanas, minifundistas.
La obesión por definir "el ser local" está pulverizando el sueño de encontrar "el ser nacional" que, linterna en mano, buscaron algunos teóricos de los años de 1960 haciendo un licuado con frases del Fichte del "Discurso a la Nación alemana", del fascismo, sin dejar de lado al internacionalista Marx.
Estamos asistiendo a una peligrosa inflación identitaria. Lo peligroso no es la solidez de esa vana y trasnochada empresa. El riesgo está en que aquí se está vendiendo gato por liebre; se está intentando compensar carencias materiales con supuestas abundancias simbólicas.
Bajo el paraguas del patriotismo de patria chica y de estas identidades aldeanas e inventadas se cobija mucha charlatanería y mucha indigencia intelectual.
Mientras escribo esto, se siguen fraguando proyectos para instituir banderas, escudos e himnos a localidades cuyos intendentes no imaginan que no pasará mucho tiempo para que los parajes y caseríos cercanos comiencen a tejer sus propios símbolos.
Hace cuarenta años don Julio Caro Baroja alertó sobre el peligro de la explotación de los mitos del "carácter nacional" o del "ser nacional". Esos mitos son amenazadores, además de robados a la antiguedad pagana. Pero los actuales mitos, añadió, no tienen "ni la majestad ni la profundidad de aquellos".
El problema no es la tradición genuina. El problema es que estamos aquejados de un tradicionalismo anémico, indolente, inmovilista, estéril y retardatario.
A diferencia de la tradición dinámica y creativa, el tradicionalismo expresa una tradición cerrada, refractaria al cambio, congelada y empeñada en devorar su propia carne.
El tradicionalismo es una parodia, un simulacro de tradición. Hace años que las naciones europeas que, en el siglo XIX, instalaron el tema de la "comunidad de destino", superaron esa obsesión.
Si es difícil internarse en la psicología de una persona, tanto más es -hasta lo imposible- acometer esa tarea con la psicología de las naciones. Es pura charlatanería decir que esa supuesta psicología colectiva es la suma de las psicologías personales.
Estamos intoxicados con este tipo de generalizaciones, estereotipos y tópicos que impiden pensar pero adormecen y consuelan.
"Estas caracterizaciones globales de la cultura nacional, como producto de un espíritu que se releva en sus creaciones y manifestaciones históricas son una falacia", dice José Antonio Maravall.
En 1963 Maravall escribió: "Hoy, en general, la apelación al 'carácter nacional' y el uso de estereotipos en la política es una manifestación de sociedad quietista, estática, sirve a una ideología conservadora, cerradamente tal".
Mientras, desde hace al menos medio siglo, en el Viejo Mundo impera la cautela, cuando no la indiferencia, por este tipo de búsquedas de las esencias, aquí -como brote tardío, sin rigor, sin fundamentos y sin ideas- un puñado de irresponsables define identidades, acuña escudos y, como si fuera poco, inventa tradiciones y lucra con ellas.
Como en el caso del patriotismo, este cobijo de las "identidades" suele ser el último refugio de los canallas.







