Hace unos pocos años, durante un acto patriótico en un pequeño pueblo de Salta, un voluntarioso e improvisado locutor anunció: “a continuación el señor intendente hará abuso de la palabra”. Por impericia, más que por dotes proféticas, el hombre dijo “abuso” donde debía decir “uso”.
Aquel error de anteponer las dos primeras letras del abecedario fue fatal: desató la bronca del funcionario y truncó, prematura e injustamente, la carrera del engolado presentador.
Éste, sin embargo, como lo demostró la hora y media de árida arenga oficial, había acertado al vaticinar que la retórica del intendente sería abusiva pero no advirtió que sería, también, penosa.
La involuntaria crítica del frustrado locutor habría rayado en la perfección si multiplicaba sus errores. Pudo decir, por ejemplo: “a continuación el señor intendente pronunciará palabras abusivas para eludir la fecha patria”.
En ese caso, el presentador habría acertado por partida doble porque el intendente se ocupó de levantar su propio pedestal, ponderando su gran obra de gobierno, prometiendo lo imposible, aunque eludiendo referirse a la conmemoración patriótica.
Lo cierto es que, por añadir sólo dos letras más a una palabra en ese minuto y medio, no hubo perdón para aquel locutor que quedó sin trabajo y, meses después, tuvo que marcharse del pueblo.
La suerte del intendente que, durante hora y media, atosigó a los vecinos cuyas cabezas ardían bajo el intenso sol de un mediodía de febrero, fue distinta.
Durante años nadie lo criticó por repetir el mismo discurso que leyó en su primera toma de posesión, cuya redacción encargó a su escritor de cabecera que, de joven, aprendió de memoria “El libro rojo de Mao”, algunos párrafos de un rotoso librito con frases de Mussolini, mezclados con fragmentos de discursos de Perón y de “La razón de mi vida” y salpicaduras con frases del almanaque Eureka.
A la dislexia ideológica de su amanuense, el intendente añadió la suya propia. Ni a fuerza de releer todos los años el mismo discurso, apenas retocado y desteñido por excesivo uso, el intendente dejaba de tropezar con las mismas piedras.
Leía “situación coática” donde decía “situación caótica”; se definía como “peronista ortoxodo”, cuando quería presentarse como “peronista ortodoxo” y reducía las “Veinte verdades peronistas” a las “Siete verdades peronistas”.
Cuando llegaba al toque patriótico, en vez de aconsejar la lectura de las “Máximas” del general San Martín a su hija Merceditas, mandaba leer los consejos de éste a “su hija Manuelita”, influido quizás por su admiración al dictador Juan Manuel de Rosas, cuya hija sí era Manuelita.
Un día, cuando en un golpe de inspiración, dirigió su mirada más allá del horrendo pórtico, cruel remedo de arco de triunfo, a la entrada del pueblo, y la posó en la política exterior, proclamó que el destino de esa porción de suelo estaba en su integración en el “Narcosur”.
Lo que, para los malevolentes que no faltan, más que un lapsus fue una traición del subconsciente. Otra vez leyó “a mi tía”, donde la letra escrita decía “amnistía” y – traicionado por su ego- leyó “egología” por “ecología”.
Al momento de revestir su discurso con laureles clásicos mencionaba la Espada de Demóstenes por la Espada de Damocles y, durante el saludo de final de año a los médicos del hospital local, los instó a respetar el Juramento Hipócrita corrigiendo a su escriba que, correctamente, anotó Juramento Hipocrático.
Bajo los efectos de la lectura de la sección deportes del diario local, un día hasta llegó a citar el “Talón que Ardiles” (el futbolista, que habría tenido problema de meniscos no en su talón) en vez de aludir “Talón de Aquiles”.
Empujado por el entusiasmo de un carnaval y para dramatizar una dificultad trivial, aseguró que no incurriría en “autosuicidio”, ni se “haría el takirari” por tal problema, cuando quiso decir que no se “haría el harakiri”.
A una semana de las elecciones donde fue reelecto para un cuarto periodo y al hablar ante un grupo de jubilados, prometió que si ganaba el domingo el mismo lunes entregaría “un suicidio” al centro de jubilados.
A fuerza de esos largos discursos, estrechar manos, organizar fiestas con globos y empanadas, repartir abrazos y entregar bolsones, el intendente permaneció más de veinte años en el cargo.
Es decir, logró acumular el equivalente a seis mandatos de un presidente de la Argentina o de los Estados Unidos. Su insaciable apetito de pequeño poder le permitió devorar un cuarto de siglo en un solo mordisco.
La llegada al cargo de aquel intendente coincidió con el nacimiento de su primer hijo legítimo, al que le impuso sus dos nombres. Cuando el hijo adquirió mayoría de edad, concluyendo el cuarto de siglo de su padre al frente del municipio, el primogénito comenzó a pensar que, por serlo y por derecho natural, le correspondía heredar no sólo propiedades, coches y cuentas bancarias sino también el duro sillón de quebracho al que se aferró su padre.
El único obstáculo eran las ambiciones de uno de sus hijos ilegítimos el que, según evidencias y habladurías, “era la cara del padre”, además de sus pocos escrúpulos y sus muchas mañas.
Aunque no era el único: estaba el de la despechada madre del adulterino que amenazaba con revelar intimidades que harían palidecer hasta las piedras. De todos modos, la idea de una sucesión daría al modesto pueblo cierto aire de nepotismo paternalista y plebeyo, aunque con ordinario barniz monárquico.
Los muchos años no mejoraron la oratoria del intendente, que sí puso cuidado al elegir locutores que no cometieran errores, pero que no se interesó en actualizar y renovar su único discurso. Como tampoco le preocupó mejorar su dicción y, menos aún, pulir su brutal estilo. No intentó emparejar su mucha ambición con sus pocas ideas, aunque si trató de disimular su falta de escrúpulos invocando a la patria y la justicia social.
Al concluir su mandato, avejentado, cargado de nostalgia pero sin sentir culpa alguna y tan ahíto como satisfecho, el intendente comenzó a pensar que, impulsado por su propia ambición, junto con el momento de dejar el poder, había llegado el momento de ingresar a la historia. Se dijo que lo haría impulsado por la misma ambición que lo había auto propulsado a la intendencia.
Pensando en el paso a la inmortalidad compró la mejor parcela del cementerio para construir el mejor panteón para el reposo eterno. Aunque temía que el cura, que soltaba la lengua en el púlpito denunciando sus desórdenes y su mano larga, le negara misa de cuerpo presente y responso.
Descanso eterno pero solitario porque por esas estrechas callejuelas del camposanto son pocos los paseantes. Menos los que se detienen a mirar y leer nombres en letras de bronce de las placas.
Pero, si tal vez se puede trasponer la estrecha y pesada puerta de la historia de la mano de ancianos a las puertas de sus tumbas, no se puede permanecer en la historia en la misma compañía.
Todo hombre que se cree elegido por el destino sabe que si bien los niños no tienen derecho al voto, tienen una memoria que es casi como una página en blanco en la que se pueden grabar nombres que ambicionan conquistar inmortalidad.
En sus últimos cansados días, cuando las tenía ya colmadas, el intendente se sentía despojado de ambiciones terrenales. Aspiraba a una módica participación en los bienes celestiales y a un sitio en el recuerdo de ese pueblo.
No llegaba a arrepentirse de sus maldades y sus excesos: los cubría con un manto de autoindulgencia al que asigna un valor ético, el suficiente como para quedar en paz, con su escasa conciencia moral.
Los niños, tábula rasa, deben ser catequizados en el culto a aquel vecino que se sacrificó y dedicó un cuarto de siglo al pueblo que lo vio nacer pobre y que lo acompañará, ensoberbecido y enriquecido, a la tumba.
Pero las mentes de los niños están en manos de sus maestras, se dijo entonces el funcionario. Recordó que las maestras nunca le tuvieron voluntad –lo que era mutuo- y que no le permitirían colocar en el patio de tierra de la escuelita Güemes un busto al mejor intendente.
No tendré placa ni busto en la escuela pero podré poner mi nombre a una calle, a una plaza y al campo deportivo municipal, pensaba. No están tan caras las placas, que no son de bronce y tampoco ya se hacen enlozadas como hace años.
Ahora son chapas pintadas, efímeros signo de los tiempos, débiles soportes de la humana vanidad, a la altura de un municipio quebrado y de la calidad moral del intendente que adelgazó sus arcas.
Después de todo, jamás se sintió un servidor público. Nunca entendió la política como un servicio al bien común sino como un exclusivo club unipersonal de autoayuda.
En el casi cuarto de siglo de su gobierno municipal, sólo tres indicadores visibles señalaban lo que había crecido en el pueblo: el déficit de la comuna, el número de habitantes y la pobreza.
Había otro indicador de crecimiento invisible sobre el que todos murmuraban pero del que pocos se animaban a hablar en voz alta: el rápido, extraordinario y desmesurado crecimiento del patrimonio del intendente que, durante años, aseguró que trabajaba para el bienestar.
Aunque no aclaró que el bienestar que anunciaba fuera el suyo propio. En todas sus campañas electorales reiteró que pondría sus afanes en las próximas generaciones, sin precisar que aludía a las de su tronco familiar y a ramas de sus impacientes herederos, tanto legítimos como los otros.
Cuando cesó aquel largo dominio, mezcla de bostezo, asco y pesadilla, un astuto viejo del pueblo dijo para sus adentros: “Para semejante viaje no hacían falta esas alforjas” y siguió callado, mirando el cortejo.







