jueves, 24. mayo 2012

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La inflación argentina: No es gordura... es hinchazón

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Boudou, ministro ampliar
Algunos gordos y gordas de conocida afición por las empanadas de vigilia de hojaldre acostumbran a autoconsolarse frente al espejo pronunciando la vieja frase "no es gordura... es hinchazón".

La diferencia entre ambos estados de rechonchez es sólo conocida por esos orondos golosos, que se empeñan en negar su propia condición de obesos, hasta que se internan en los terrenos de la morbidez.

Los flacos también se engañan a sí mismos y a los demás, como lo demuestra la frase de un conocido agricultor del Sur de Salta, que, para estas mismas fechas, solía decir: "No es bacalao... es cazón".

El próspero agricultor se quejaba así del engaño de algunos comerciantes, que pretendían hacer pasar como bacalao de noruega (gadus morhua) lo que no era más que un simple cazón (galeorhinus galeus) mal salado.

También sucedió alguna vez con un médico obstetra, de gran fama entre las salteñas, que frente al cuadro ambiguo que presentaba una joven paciente que se había desmayado en su presencia, dijo: "esto no es fiebre... es calentura", extendiendo entre líneas un certificado verbal de la preocupante enfermedad conocida en el mundo civilizado como furor uterinus.

Inflación

El gobierno de la Nación, por boca del ministro Boudou, viene repitiendo con marcada insistencia durante los últimos días la cantinela (o la "letanía", que diría un malhumorado funcionario del gobierno de Salta) de que "el aumento de precios no es inflación".

Lo cual resulta sumamente curioso, pues justamente "el aumento de precios" es la misma definición de la inflación.

Al cambio, es como si un paciente que se encuentra al borde de la deshidratación por la repetición incontenible de las deposiciones líquidas, acudiera al médico y éste le dijera: "no es diarrea, es sólo que está haciendo un poco chuyo".

La economía argentina presenta todos los síntomas de un proceso inflacionario agudo: la generalización del aumento de los precios, su persistencia en el tiempo, la mayor cantidad de circulante, el aumento del costo de ciertos factores de la producción, como los salarios de trabajadores, y, lo que es más importante, la conciencia colectiva de que el país se ha metido en una espiral inflacionista que los que tienen más de 40 años conocen perfectamente.

En ningún país serio del mundo la prensa se animaría a calificar de 'histórico' un aumento de salarios del 60%, como el que ha conseguido en la mesa de negociación colectiva el sindicato de trabajadores del cuero. Al contrario, este aumento sería calificado en otros países como suicida.

La enfermedad de la economía argentina no puede ser presentada, pues, como un poquito de 'aca chuya' (como dice el criollo de nuestros valles) sino como una diarrea en toda regla.

Frente a tan severo diagnóstico, la actitud del gobierno es la de negar la mayor, y, en consecuencia, proceder de dos formas bien conocidas: 1) ignorando la gravedad del cuadro y 2) colocando un corchito.

El resultado de estos procedimientos terapéuticos es bastante bien conocido por los argentinos.
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