La política como profesión, si así se la puede llamar, se ha convertido en la antítesis de lo que imponen las leyes y un aliento de la hipocresía. Y es así, a punto tal que los políticos se suceden en generaciones cada vez más renuentes con la adquisición de los conocimientos básicos antes de vaciar sus voluntades en los foros de discusión de los intereses generales.
Lo que primeramente aprenden es a enamorarse del vocablo “democracia”, de suerte que todo lo que les viene estrecho o problemático comienza por ser antidemocrático. No dejar hablar al adversario es una actitud antidemocrática; lo es lanzar improperios o escupitajos a quien no comparte sus ideas, en fin, meter ruido por las noches y mantener desvelado al vecindario es una conducta antidemocrática, al igual que tirar la bolsa de basura fuera del contenedor. La democracia es el comodín que se amolda a cualquier cosa. Naturalmente, la democracia nada tiene que ver con tales actitudes antisociales y dimanantes de una mala educación. El que se comporta al margen de las reglas de convivencia no es un individuo antidemocrático, sino un despreciable energúmeno con demérito mental.
La política como profesión procede de una tradición vinculada al tratamiento de las cuestiones públicas, aunque esta práctica entre los griegos de la antigüedad, se limitaba a una reunión de unos pocos parientes y amigos, todos ricos y poderosos que luego de resolver los problemas sociales regresaban a cuidar de sus intereses sin pretensiones de hacer de tal actividad un oficio tan rentable como el que alimenta con encendida pasión a los políticos profesionales actuales, siempre ricos, siempre distantes. Esa democracia directa de la Ciudad-Estado griega, se trataba de un deber ciudadano como habitantes de la “polis”, discutiendo en el “ágora”, y tomando allí las decisiones que afectaban a todos: a los ciudadanos y a los no ciudadanos, entre los que se contaban los esclavos y extranjeros. En todo caso, la política como profesión no se practicó antes de la Revolución Francesa.
En algunos cantones suizos se seleccionaba a los que debían tomar las decisiones políticas, y así se puede hablar de una democracia representativa, pero calificada, a veces por la cultura (se excluía a los analfabetos) o por la economía (a los pobres)... Es decir que a medida que se perfeccionaron las ideas relativas a la política, se fue desmembrando la idea de la asamblea decisoria de la modalidad del Estado. Recuérdese también que en Argentina, hasta la Ley Sáenz Peña, el voto estaba cautivo en manos de unos pocos porteños. Sarmiento fue elegido Presidente con dos mil quinientos votos. El voto universal, obligatorio y secreto que instauró aquella ley, igualó a todos los argentinos y hoy puede parecer a los mal informados que ese derecho nació con la creación del universo.
La ciencia política moderna, a partir de la creación de los Estados-nacionales simplificó la cuestión destinando al concepto democracia todo lo referente a la forma de gobierno, especialmente a la democracia representativa con la que aparece por primera vez en la historia el concepto de pueblo. La democracia se mostró, entonces, como forma de gobierno entre otras como la dictadura o la tiranía, separada de la forma de Estado (república, monarquía, teocracia...).
Cada vez que se reclama libertad o justicia o igualdad, entre otros principios, los políticos de nuestra actualidad los adhieren al concepto de democracia y así, es antidemocrático el suprimir la libertad ambulatoria, la de expresión y la de reunión, al mismo tiempo sostener que la justicia y la igualdad ante la ley son principios democráticos, cuando en realidad son principios republicanos emergentes de una forma de Estado: la republicana.
Unas veces las Constituciones como Ley Superior del Estado y otras veces sus Leyes básicas, imprimen como actividad preceptiva de los partidos políticos el respeto a la divergencia y la introducción en sus Estatutos de una democracia interna previa a los procesos electorales. Todos sabemos que este precepto básico de higiene política, no se cumple. Y no se cumple, sencillamente, porque los partidos políticos, todos, han dejado de ser un instrumento leal a los principios republicanos de libertad, justicia e igualdad ante la ley, para quedar convertidos en sectas cerradas a la crítica y al ejercicio de la soberanía de los afiliados para la elección de sus cuerpos directivos y sus candidatos dispuestos a la lucha electoral con otros partidos que adolecen de la misma enfermedad.
Es curioso advertir que todos los partidos políticos entablan feroces reyertas en la defensa de sus ideologías y sin embargo, esa lucha sin cuartel se manifiesta con toda su intensidad en la superficie, en lo más mundano de los intereses humanos. Por arriba, entre las nubes que encubren su verdad, son indestructibles aliados que legislan todos juntos para favorecer sus intereses personales porque al fin de cuentas, unos están ahora mismo disfrutando de los privilegios, pero la democracia como forma de gobierno tiene la imponderable virtud de favorecer la alternancia en el disfrute de tales privilegios. De modo que, ya tocará.
Respetando la conocida expresión “el que se mueve no sale en la foto”, todos los pertenecientes a la secta dominante se mantienen quietos, sujetos a la disciplina partidaria que lleva impresa la suerte que les tocará asidos como están a los dirigentes que manejan los resortes de la secta a la que pertenecen. Obediencia ciega al líder conductor y a las instrucciones operativas que dictan sus más cercanos colaboradores. Esto perdura hasta que la secta dominante cambia de abeja reina y se formaliza rápidamente una nueva clase dirigente dentro de la misma secta. Todo cambia para que todo siga igual.
Fuera del ámbito de esta vida pletórica de intrigas, envidias y rumores, la secta va cosechando triunfos y derrotas electorales que marcan la trayectoria de los encargados de dirigirla. El pueblo soberano, desde luego, está al margen porque lo de la democracia como forma de gobierno está reñida con los principios republicanos. De lo que se puede deducir que por causa de la democracia se desdibujan los principios republicanos de libertad e igualdad. Lo pernicioso no es la forma republicana de Estado, sino su forma de gobierno democrática, que según se ha pregonado, pese a sus defectos, no hay otra mejor. Puede que así sea, sin embargo, si no cumple con sus principios y métodos de trabajo y tampoco con su finalidad, ¿para qué sirve en realidad?
El pueblo es para la secta de los políticos como la casta de los intocables para los indios: tan repugnantes que ni siquiera se los puede tocar, salvo en época electoral en hospitales y escuelas donde se prodigan besos y sonrisas. Los políticos actuales más que una secta; son verdaderamente una casta que vive entre sus enredos y ambiciones lo más lejos posible de los intocables, a quienes se atribuye la soberanía popular, con el mayor de los cinismos. Los políticos han convertido a sus partidos en una secta en cuanto a sus privilegios exclusivos, y en una casta en su relación con el pueblo, siempre engañado.
