viernes, 25. mayo 2012

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El liderazgo de Urtubey bajo la amenaza de Lady Gaga

Urtubey y Lady Gaga ampliar
Mis tres hijos se quedaron de una pieza al descubrir, hace tan sólo unos días, que su padre se había convertido, de modo silencioso, en un consistente admirador del talento de Lady Gaga y en consumidor compulsivo y casi clandestino de sus increíbles composiciones musicales.

Tal vez me verían algo anticuado en mis gustos, porque, a decir verdad, nunca me preocupé demasiado por ocultar que mis preferencias se han quedado ancladas en la música de los años ochenta, aquella década verdaderamente prodigiosa, en la que muchos veinteañeros (como lo era yo por entonces) tuvimos la suerte de asistir a la eclosión de irrepetibles héroes del pop y del rock.

Quizá mis hijos estarían ya un poco hartos también de que en mis muy variados 'dispositivos multimedia' (afortunadamente ya no tengo 'tocadiscos', ni 'combinados' ni 'pasacassettes') sonara de modo insistente la música intemporal creada por aquellos tres sesentones (todos nacidos en 1949) que se llaman Billy Joel, Bruce Springsteen y Eric Carmen.

Mi hijo más pequeño, que acaba de cumplir siete años, sigue sin entender muy bien por qué su padre ha pasado de cantar a grito pelado algunas zambas de Falú y Dávalos, a intentar afinar -con bastante dificultad, por cierto- piezas tan complicadas como Bad Romance, Paparazzi o Speechless.

Me da la impresión de que los jóvenes de hoy -como lo hicimos nosotros en los tiempos pasados- tienden a apropiarse de la música más nueva y a considerarla como un territorio propio y exclusivo. Es una cuestión de 'identidad', como se dice ahora.

Ellos miran a los veteranos que superamos los 50, y que pasamos horas embobados con las canciones de Lady Gaga, bien como intrusos fisgones de su intimidad, bien como seres inmaduros que no hemos tenido infancia ni juventud.

Pero para mí no hay vuelta atrás en este asunto. La aparición de Lady Gaga en el muy poblado firmamento de estrellas de los nuevos medios digitales es, por lo menos para un servidor, la confirmación más contundente de que los primeros diez años del siglo XXI han pasado ya a la historia como la 'década perdida' en materia de buena música, y como una oportunidad desperdiciada para reciclar la creatividad y el talento musicales que dominaron la industria durante las décadas precedentes.

Gaga y la política

No deja de asombrarme el hecho de que la estrafalaria Stefani Germanotta -tal el nombre cristiano de Lady Gaga- tiene la edad de mi hijo el mayor y la de Lionel Messi, casi nada.

Con sólo 24 años recién cumplidos, esta manhattannite de físico frágil, sexualidad ambigua y apariencia chillona, ha conseguido mandar al cajón de los trastos viejos, y sin piedad ninguna, a dos de los iconos musicales femeninos de la década pasada: Christina Aguilera y Britney Spears.

Casi nadie duda del inmenso talento de estas dos estrellas que hoy parecen arrinconadas por el empuje del nuevo fenómeno. Pero son muy pocos los jóvenes que hoy tienen entre 15 y 25 años que no consideran ya a Christina (de 29 años) y a Britney (de 28), a Shakira (de 33)  o a Thalía (de 38)  como integrantes de una vieja guardia obsoleta y decadente, frente a la frescura, calidad y desenfado de esta formidable estrella que es Lady Gaga.

Es indudable que la política moderna se rige por reglas diferentes a las del show business; pero no del todo diferentes, porque tanto los políticos como los artistas están condenados hoy a compartir los mismos canales digitales: los primeros para dar a conocer sus obras, y los segundos para vender ilusiones a menudo irrealizables y para venderse a sí mismos, como cualquier otro objeto de consumo masivo.

Sigo pensando que el Gobernador de Salta lleva adelante un absurdo empeño personal para mostrarse frente a su clientela como un político fresco, joven y renovado, cuando la realidad nos está gritando que su ascenso a las más altas responsabilidades no es más que el resultado del 'primer prensado' de esa gran trituradora de prestigios y trayectorias políticas que fue la primera década del siglo XXI, un decenio perdido, no sólo para la música como hemos visto, sino también para la política.

El Gobernador probablemente no ha calculado que los tiempos de sustitución de unas elites políticas por otras se han acelerado de una forma notable, y que, en menos que canta un gallo, su talento y su encanto personal (como el de Christina Aguilera, el de Britney Spears o el del propio Michael Jackson) pasarán al olvido o, en el mejor caso, serán materia de estudio en los gabinetes de algún historiador benevolente o de algún inquieto arqueólogo.

Aún no está muy claro quién será la Lady Gaga que jubilará al Gobernador de Salta, ni se sabe con exactitud dónde tiene su guarida. Hay muchos émulos de Herodes intentando conocer estos datos. Pero el proceso de sustitución se insinúa inexorable y su culminación, para más de uno, está a la vuelta de la esquina.

Como le ha sucedido a Lady Gaga con Queen, Elton John, Def Leppard o con otras estrellas del glam rock, el relevo del Gobernador de Salta también vendrá de la mano de influencias 'artísticas' del pasado. El nuevo líder probablemente sea un veinteañero (o veinteañera) que, en el más absoluto anonimato, se esté dedicando en este mismo momento a devorar las biografías de Joaquín Castellanos, de Robustiano Patrón Costas, de Victorino de la Plaza, de Carlos Serrey, o hurgando en las vidas y obras de salteños de épocas no tan remotas como Francisco Uriburu Michel, Danilo Bonari, José María Usandivaras, Armando Caro, Roberto García Pinto, Jorge Decavi, Ana María Giacosa o Ricardo Falú.

Pienso sin ninguna malicia que el producto impoluto de la generación excelente de la 'nueva política', de esa política desligada de lastres históricos, negacionista del pasado (del malo, pero también del bueno), dejará pronto su lugar a un joven, mucho más joven que los que hoy están en el poder, mejor preparado, más orientado hacia el futuro, forjado en los ideales políticos más clásicos, a un iconoclasta dispuesto a negar el culto debido a las vulgaridades peronistas, pero sobre todo a una persona menos arrogante y más dispuesta a asumir, con provecho y sin complejos, las mejores enseñanzas del pasado.

Entre ellas, dos lecciones clave:

1. La que nos llena de espanto por la paradoja de un hijo que, como Gobernador de Salta, fue mucho más retrógrado, carca y conservador que su padre, también Gobernador.

2. La que nos hace desconfiar de los iluminados, como el actual Gobernador, que tuvo la ilusión de refundar -sin elementos idóneos y sin razones para ello- una actividad que realizan los hombres desde hace más de veinticinco siglos sobre la faz de la tierra, y que pretendió hacernos creer, por soberbia o por ignorancia, que su talento político era el único capaz de construir una Salta más justa, más libre y más fraterna.

En conclusión, el reinado de Lady Gaga no sólo amenaza a estrellas indiscutibles como Christina Aguilera o Britney Spears, a algunas declinantes como Madonna y otras que están al borde, como la inclasifcable Amy Winehouse, sino que está haciendo tambalear el liderazgo del mismísimo Gobernador de Salta.

Creo firmemente que el idilio entre nuestro mandatario y su pueblo no es otra cosa que un 'bad romance', pasajero y enfermizo, como dice la letra de la genial Lady Gaga: "I want your ugly, I want your disease".
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