A raíz de estas afirmaciones, antiguos compañeros de rutas y de lealtades del ministro, como son los señores Javier David, Guillermo Durand Cornejo, Aroldo Tonini y Raúl Romeo Medina, han acusado al funcionario de "xenófobo y desafortunado", al tiempo que le han recordado que "los inmigrantes son parte de la identidad cultural de nuestro país y que con la hermana nación de Bolivia nos unen lazos históricos fortísimos".
El caso es que quien ha efectuado las discutibles declaraciones es el señor Rubén Fortuny, el mismo que fuera polivalente funcionario comodín de la administración del gobernador Romero, mimado por éste y por su plana mayor, sobre todo cuando alcanzó el cargo de Presidente del Instituto Provincial de la Vivienda, que le hizo acreedor no solamente a amplias simpatías populares, sino que le granjeó un importante -y si acaso, inesperado- bienestar personal.
De esta interesante polémica sorprende no tanto la osada afirmación de ese auténtico 'domador del riesgo' que es el señor Fortuny, sino la embelesada declaración de fraternidad transnacional efectuada por los últimos representantes vivos del romerismo residual.
Sorprendente decimos porque el gobierno del señor Romero no se caracterizó precisamente por fomentar la inmigración de origen boliviano, ni por dejarse las uñas en el intento de mejorar las duras condiciones laborales de los trabajadores de esa nacionalidad que viven en Salta. Más bien los ignoró, aunque quizá no tanto como menospreció a la cultura, minimizó la economía y desconfió de la política de Bolivia.
Sorprendente también, porque este arrebato de bolivianofilia, que podría ser entendible en dos de los romeristas anteriormente mencionados (un concejal y un diputado) con claras conexiones ancestrales de origen boliviano, no lo es tanto en los otros dos, cuyos orígenes son, tal vez, bizantinos.
Inmigración transfronteriza y trabajo en negro
Es muy probable, sin embargo, que los acusadores tengan razón y que el Ministro de Trabajo de Salta sea un desafortunado y un xenófobo. Pero olvidan un pequeño detalle: que el ministro tiene bastante razón cuando vincula a la inmigración transfronteriza con el trabajo en negro.No porque los trabajadores extranjeros tengan la culpa de la explotación a que son sometidos, sino simplemente porque, en casi todo el mundo conocido, el hecho mismo de la migración expone a estos trabajadores (que desconocen la legislación local, a veces desconocen hasta el idioma, y muchas veces no saben cómo ejercer sus derechos) a todo tipo de abusos.
Los ministros de trabajo de todo el mundo se dedican, con mayor o menor intensidad, a proteger los mercados laborales nacionales o por lo menos a luchar contra los factores que los distorsionan; y muchas veces no lo hacen por pura xenofobia sino por sentido común. El ministro de Salta no es la excepción, y si es verdad que está aprendiendo algo del oficio, habría que recordarle no sólo que puede hacerlo sino que está obligado a ello.
Aunque el señor Fortuny no pasará a la historia como el funcionario que más y mejor ha combatido el trabajo en negro, tiene todo el derecho del mundo a analizar las causas que provocan que en Salta este fenómeno alcance unas dimensiones virtualmente apocalípticas.
Desde luego, no sólo la mano de obra extranjera es la causante del aumento del trabajo no registrado. Influyen también la ineficacia administrativa, la venalidad de algunos inspectores, la avaricia de los empresarios, la complicidad de algunos sindicatos y, sobre todo, el insoportable peso de la 'industria del juicio', basada en la existencia de normas sobreprotectoras que constituyen una abierta invitación a violarlas.
De aquí a prohibir la inmigración boliviana o a satanizarla hay una enorme distancia. Porque los lazos históricos con los países hermanos podrán ser "fortísimos", como dicen los romeristas de Salta, pero por alguna razón (que no es precisamente la hermandad) es que existen todavía fronteras y controles fronterizos, y a los trabajadores extranjeros se les exige el cumplimiento de una serie de recaudos legales mínimos para poder establecerse y trabajar en la Argentina.
En suma, que el ministro Fortuny tiene razón, pues si su deber es combatir el trabajo en negro, lo que no puede hacer, por simple demagogia, por nostalgias romeristas o por puro populismo bolivariano, es ignorar las causas que provocan distorsiones en el sistema laboral y renunciar a combatirlas.
