La exteriorización visible de la infidelidad es solo la punta del iceberg que involucra a ambos géneros y al Edipo universal, que como un lente intraocular refiere la externa lucha de los sexos.
El estrecho escenario matrimonial reaviva conflictos sexuales de género que se estructuran en la conducta del hombre y atañen al afán de una bisexualidad que se lamentan no tener o tener tan sólo en una forma deficiente e incompleta (se necesitan inexorablemente, pero se resisten a tal imprescindibilidad. Aquí tenemos la primera fantasía heroica de vaga autonomía, llevado al climax por el feminismo). El problema sexual del ser humano sería el hecho de su unisexualidad, sentida como una forma de impotencia para proyectarse en futuro; serían simplemente fracción de uno, es decir, fragmentado y condenado en su incompletitud a la frustración y a la soledad (que no es otra cosa que la condición mortal). Este sentido de ser disminuido es lo que se juega, inconscientemente, en las fantasías y actos de infidelidad, como una continua búsqueda del sexo perdido.
En esta pugna la mujer lleva la ganancia de ser poseedora del secreto de la vida y de la muerte, que ella guarda escondido en su interior, contra la perpleja realidad masculina de humana mutilación y subsidiaridad. Esta imposibilidad masculina de concepción en un vientre procreador genera la envidia que tiene el varón de la matriz femenina y la condición esencial de la mujer en la fecundación. Esta misteriosa arquitectura sexual interior pone los cimientos de una infidelidad liberadora posterior, no exenta de una toma de revancha por la falta biológica.
Fantasías de Opresión
Esta condición de entramado sexual oculto (no percibido), constituye a la sexualidad femenina y todo su jeroglífico corporal en una fantasía encerrante, en una cavidad prisión que simboliza la opresión y envuelve al ser femenino en fantasías direccionadas en el orden de lo que asfixia (llevadas al acto por siglos de aprendizaje cultural). La sexualidad femenina dispara la angustia y dependencia, sintomatizada recurrentemente en las quejas masculinas que denuncian su sentimiento de agobio en las inagotables demandas, como si la mujer tragara con su órgano vaginal y no quisiera desprenderse de la parte apoderada, en una posesión exclusiva. Esto lo explica el psicoanálisis como un mecanismo femenino permanente de meter un ser viviente en el cuerpo para reproducir la situación de embarazo o la fantasía defensiva del embarazo eterno, que no es otra cosa que la sensación de sentirse devorado.
A esta relación generalizada en las experiencias matrimoniales se las define como regresivas, en donde la conexión con el otro, la relación objetal se hace con el molde prototípico de la mujer embarazada: objeto cautivo/ objeto prisión. En este contexto, la infidelidad, es la búsqueda ansiosa de una salida a esta situación de muros aplastantes, que percibe a la infidelidad como el hallazgo de un hueco que determina una posibilidad de evasión. Son las amarras de las que hablaba S. Freud cuando aludía a que la neurosis ataba al individuo, de tal manera, que aún después de soltar una de las amarras, el individuo seguía atado a su asfixia.
Dialéctica de la vida entre el “adentro” y el “afuera”
Lo femenino y lo masculino representan instancias o roles que puede desempeñar cualquier individuo en su relación con el otro. El rol femenino, por su tapada biología sexual, representa la noción de ámbito interno y está tomado sobre la protoimagen de la matriz fecundada y limitante de la movilidad, el vivir intrauterino, caracterizado por la dependencia simbiótica, la falta de individualidad y el cautiverio fusional que coloca al feto en una condición de encierro y prisión, condición de sentirse envuelto o atrapado en un círculo del cual teme no salir. El rol masculino representa, por oposición, al ámbito externo, al espacio abierto exterior, el infinito en la gama creativa de posibilidades vitales, la libertad y la oportunidad de elegir una dirección de la existencia. Emergencia del ser hacia el afuera, hacia la libertad.
Aclaración: Como hablamos de roles funcionales, el varón, también en ocasiones puede asumir esta posición opresiva del prototipo de la “mujer embarazada”.
En este marco la infidelidad sería, inconscientemente, el espacio apropiado de desahogo de ese molde enérgico maternal, que como una jaula aprisiona y encierra en la dialéctica del entrar y salir, del vaivén pendular entre el adentro y el afuera. La infidelidad es una puja, de ambos géneros, por emerger de un encierro hacia un afuera que distiende y lanza a la libertad inobjetable de la ruptura de lo claustrofóbico. La infidelidad tiene mala prensa pero prolifera ante los contextos herméticos que se proponen las parejas, fomentando obligaciones y compromisos inflexibles, que estimulan los abusos y las sobreexigencias sobre uno de los géneros. Una de las partes queda a merced del otro e inclinados sus márgenes de acción.
En este punto el camino es largo y estamos en el territorio de lo vincular que funda otra ética convivencial, en donde el amor de pareja es resultado de la consideración por lo ajeno del otro, es el precio de la alteridad, del querer y del aceptar la condición de semejante. En este lugar lo femenino y lo masculino son espacios de subjetividad, dos sujetos con una fuerte marca de ajenidad, cuya subjetividad es instituida desde la relación. Sería lo que S. Freud llama “amor genuino” y en donde la infidelidad no tiene lugar porque estamos ante seres liberados, vinculados y cada uno en función del otro. Es el plano de la creatividad y la recreación permanente del vínculo.




