La verbosidad excesiva suele ser considerada como un defecto de las personas en casi todas las culturas del mundo. Excepto en la Cámara de Diputados de la Nación, en donde, al parecer, es mejor diputado quien más palabras pronuncia en el recinto.
Una curiosa estadística, que forma parte del llamado "Índice de Calidad Legislativa", revela que el diputado nacional que "más ha hablado" en el recinto es el señor Eduardo Fellner, con 18.912 palabras.
Quienes comentan este inútil ranking, no se detienen a alabar a quienes más palabras han pronunciado en la cámara sino que más bien se dedican a criticar a los legisladores que menos han hablado.
Entre quienes se disputan el premio extraoficial "Mercedes Sosa" (La Muda) a la calidad legislativa, figuran dos diputadas nacionales salteñas: la multiperonista Zulema Beatriz Daher y la renovadora Mónica Torfe, que ocupan puestos de descenso en la tabla de posiciones, con cero palabras pronunciadas durante el año legislativo 2011.
Esto quiere decir que ni monosílabos, ni interjecciones, ni un "buen día señora", ni el clásico ¿Ah? de los salteños, nada. Que las señoras Daher y Torfe ni siquiera han exhalado un suspiro en el recinto, ningún sonido corporal de cualquier naturaleza, que merezca ser recogido en el Diario de Sesiones.
Como el cero no multiplica, las diputadas salteñas no pueden ampararse en el argumento de la diputada Vilma Ibarra, que con 14.688 sostiene que "habló más" que Fellner, pues sus palabras, en promedio, tenían más letras que las usadas por el diputado jujeño. Otro tanto afirma el diputado Agustín Rossi, quien considera que sus 14.655 palabras fueron pronunciadas de forma mucho más pausada y que, por tanto, ocuparon más tiempo parlamentario que las de Fellner e Ibarra juntos.
Daher y Torfe defienden sin embargo que ellas han respirado más aire que la mayoría de los diputados y que su virtud parlamentaria consiste en haber escuchado más discursos (más palabras y más letras) que cualquier otro diputado en ejercicio. Su tarea parlamentaria es más destacada -dicen- que la del lacónico diputado José Vilariño, que solo ha pronunciado 59 palabras, porque éste se tragaba las eses (de allí el volumen de su abdomen).
No se sabe si el "Índice de Calidad Legislativa" mide también los litros de café que han bebido los diputados, las gotas de Chukker que han utilizado, la cantidad de tiempo que con sus posaderas calentaron los escaños de la cámara, los garabatos que han hecho con su lapicera o las veces que han pasado el dedo por la pantalla de su iPad. Pero la ciudadanía ya está proponiendo otros indicadores que puedan poner de manifiesto una mayor aplicación en la tarea legislativa.
Por ejemplo, determinar el consumo de energía eléctrica de las oficinas de los diputados, el tiempo en que sus computadoras permanecen encendidas, el volumen de correos electrónicos que envían durante el día, el número de libros que leen por semana, la cantidad de veces que acuden a la peluquería de la cámara, y las docenas de sanguches de miga que encargan a los servicios de cátering parlamentario.
Detalles como estos, si bien no favorecerían la estilizada figura del diputado Vilariño, podrían permitir a diputados como Daher y Torfe ascender en el ranking, sin necesidad de pronunciar ninguna palabra.







