En el Día de la Memoria, que se acaba de celebrar en la Argentina, hubiera sido un buen detalle regalarle al gobernador Urtubey una tira (o un bidón) de aquel conocido tónico para estimular las conexiones neunorales llamado Nervigenol.
Según el Gobernador de Salta, el pasado 24 de marzo, por primera vez el Partido Justicialista se acordó de celebrar el Día de la Memoria, dando a entender que nunca antes los peronistas de Salta se habían comprometido de modo enérgico en la lucha contra los crímenes de la última dictadura militar.
Mala memoria la del señor Urtubey, precisamente en un día en que las circustancias aconsejaban hacer gala de la mayor precisión histórica.
Porque mucho antes de que se instituyera el Día de la Memoria y de que el gobierno lo elevara al rango de feriado nacional, hubo peronistas que condenaban periódicamente la dictadura, sus arbitrariedades y sus salvajes ataques a los Derechos Humanos.
Pero no lo hacían, como el señor Urtubey, desde la blanda comodidad de la democracia sino durante la vigencia de la propia dictadura militar, de la que el Gobernador de Salta ahora abjura.
Frente a la ligereza histórica del Gobernador, es imposible no recordar que los viejos dirigentes del Partido Justicialista de Salta se la jugaban en la adversidad, poniendo en riesgo incluso sus vidas.
Aquellas valientes condenas al autoritarismo, a la ilegalidad, a la represión y a la violencia indiscriminada, no tienen punto de comparación con las que se pronuncian en estos tiempos. No debemos engañarnos, porque hoy resulta muy fácil maldecir a los dictadores ya vencidos y reblandecidos, e incluso parece al alcance de cualquiera el poder de machacarlos con juicios eternos, que no terminan sólo porque al gobierno le conviene mantener abiertas determinadas heridas del pasado.
Un puñado de peronistas, probablemente no más de un centenar, se reunía todos los años en las misas que se rezaban para recordar los fallecimientos de Juan Domingo y Eva Perón, en el mes de julio.
Allí estaban Matilde Vedia de Gil, María Luisa Giménez de Marocco, Hortensia Rodríguez de Porcel, Berta de Condorí, Juan Emilio Marocco, Olivio Ríos, Luis García Vidal, Loreto Caro, Aldo Teodosio Guerra, Francisco Álvarez Leguizamón, Ricardo Falú, Carlos Alberto Caro (que se encargaba siempre de abonar el estipendio del cura), Hugo Poma, Abraham Rallé, Marcelino Arias Esquiú, Héctor Hugo Heredia, Julia Cruz de Wakulsky, Lucio Heredia... y un largo etcétera de dirigentes de primera línea que, con su sola presencia en las misas, arriesgaban tal vez inútilmente el pellejo, en épocas en que, por mucho menos de un Padre Nuestro, eras candidato a un responso por tu descanso eterno.
Yo también estaba allí, aunque más no fuese para expresar mi rechazo a una dictadura que había dividido gravemente a mi familia, amenazado su seguridad y traído desasosiego e indignidad a la mayoría de nuestros compatriotas.
Considero que es mi obligación de ciudadano decir que en aquellas silenciosas demostraciones de civismo y de reivindicación del regreso del Estado de Derecho, que también servían como homenaje a las figuras de Perón y Eva Perón, no estaban ni el señor Urtubey, ni ningún otro miembro de su familia, así como tampoco estaban ni el señor Juan Carlos Romero, ni su padre, cuyo diario se negaba a publicar los avisos de misas por Perón, aun los de pago, y se esmeraba en silenciar las violaciones a los Derechos Humanos.
Tal vez, como los fantasmas, los espíritus de estos señores estuviesen flotando por allí, confundidos con la nube de incienso entre las columnas del templo.
O tal vez sea más acertado pensar que sus cuerpos y almas (o sus empresas familiares) estaban en esos momentos más cerca de los militares y de sus cómplices civiles que de la humilde dirigencia justicialista, que entonces dependía de la generosidad de un solo hombre para poder decir misa por el alma de sus muertos. ¡Quién sabe!
A la hora de elegir, me quedo con el apoyo real y tangible de aquellos viejos peronistas, pobres, sufridos, soñadores, idealistas y derrotados, que tras oír misa a cara descubierta y retirarse cristianamente del lugar (a pie o en ómnibus, no en helicópteros ni aviones privados), no sabían con certeza si iban a conseguir volver vivos a sus casas.
El día 6 de septiembre, aniversario del natalicio de nuestro augusto Gobernador, debería declararse por decreto, Día Mundial de la Amnesia.







